Sacramento de la Confirmación

 

 

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La Confirmación lleva a plenitud el Bautismo mediante el don renovado del Espíritu Santo. Perfecciona al bautizado en su seguimiento de Cristo: el confirmado, lo mismo que Jesús, va a dar testimonio de la Buena Nueva, en unión con toda la Iglesia.  (Cf. Hch 8,14-17)

La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

-   Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abba Padre” (Rom 8,15)

-   Nos une más firmemente a Cristo;

-   Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;

-   Nos ayuda a perfeccionar nuestro vínculo con la Iglesia;

-   Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo, para ser testigos de la fe mediante la palabra y las obras; como verdaderos seguidores de Jesucristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

La Confirmación no es una meta, sino el sacramento que introduce al cristiano en la vida adulta y comprometida de la fe, desde una apertura permanente a la acción del Espíritu, con el fin de llevar a plenitud la vida nueva recibida en el Bautismo.

La Confirmación lleva consigo el compromiso de participar activamente en la dinámica comunitaria y misionera de la Iglesia. Por ello también la comunidad se compromete a:

-   Acoger al bautizado – confirmado.

-   Reconocer la acción del Espíritu Santo en él.

-   Ofrecerle responsabilidades en la comunidad.

-   A escuchar y valorar sus aportaciones como don del Espíritu.

Para significar esta unión, es el obispo, o uno de sus colaboradores, el que administra habitualmente la Confirmación.  Le imponen las manos rezando sobre los confirmados, y después hace sobre su frente una unción con el santo crisma diciendo:

“Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

Lo mismo que en el Bautismo está marcado de forma indeleble, de tal manera que sólo se puede recibir una vez en la vida.